Informe Especial - Julio de 2007
Indígenas y política en América Latina, después de Evo Morales
En poco más de un año y medio luego que Evo Morales se convirtiera en el primer presidente indígena, la marea de creciente reafirmación indígena en la región comienza a lucir levemente diferente. Muchos líderes indígenas, incluso en países con mayorías indígenas, son más concientes de la necesidad de adoptar posiciones políticas más incluyentes, considerando al llamado etnopopulismo como una opción riesgosa. Y crece la percepción que las propuestas de ese sistema corren riesgo de manipulación partidista, igual que la 'partidocracia' tan despreciada por las ideologías indígenas.
El etnopopulismo no es una noción nueva; ha estado rondando desde los '60 y, en América Latina, ha sido aplicado por el régimen de Duvalier en Haití y en los movimientos indígenas en Nicaragua bajo los Sandinistas. Sin embargo, Raúl Madrid, de la Universidad de Texas, lo ha revivido recientemente como una herramienta para entender lo que está ocurriendo en América Latina.
Arguye que Evo Morales representa más a un etnopopulista, que a una manera puramente indígena de abordar la política: la experiencia política de Bolivia ha mostrado que apelar a lo puramente étnico no fue suficiente para atraer suficiente apoyo de las bases. Por tanto, lo mezcló con elementos del arsenal 'populista': nacionalismo, estatismo, denuncia de las elites e instituciones existentes dentro del país, y del imperialismo en el exterior. Dio resultado: la mayoría de los que votaron por Morales en 2005 se identifican a sí mismos como mestizos más que como indígenas (ver páginas 3-4).
Bajo esa luz, la victoria de Ollanta Humala en primera ronda en las últimas elecciones presidenciales en Perú puede ser vista como un éxito etnopopulista. También fue la elección de Lucio Gutiérrez a la presidencia de Ecuador, que colapsó cuando Gutiérrez dio la espalda a los componentes populista y étnico de su campaña electoral. Esa experiencia puede haber sido el punto de inflexión para el movimiento indígena de Ecuador, sobre todo porque parece haber adoptado una posición más explícitamente incluyente en su campaña social (ver páginas 5-6) -y no desplegó el antiguo entusiasmo de la campaña típicamente etnopopulista que llevó a Rafael Correa a la presidencia.
En Perú, el líder de los productores de coca, Nelson Palomino, ha reclamado éxitos iniciales con su nuevo partido "indígena", Kuska Perú, y ha expresado su intención de emular el ascenso de Evo Morales a la presidencia -pero ya dejó en claro que apelaría a la inclusión (ver páginas 7-8). Eso sugiere que es conciente de un rasgo de la sociedad peruana que Ladislao Landa ha subrayado: que los pueblos indígenas ubican su identidad como campesinos antes que su etnia.
También Guatemala es testigo de un intento presidencial de una líder indígena: Rigoberta Menchú, Nobel de la Paz. Ella creó un partido indígena, Winaq, que es explícitamente incluyente, y conduce su campaña electoral en alianza con un partido mestizo de centro-izquierda, Encuentro por Guatemala (EG), y su compañero de fórmula es un prominente líder empresarial (ver páginas 9-10).
Sin embargo, los enfoques étnicos más radicales siguen presentes. Predominan en la política indígena de Chile (ver páginas 10-11), reflejando en parte el hecho que la población indígena está altamente concentrada en una región, en parte como respuesta política a las iniciativas del gobierno de Bachelet con relación al reconocimiento del status y los derechos de los pueblos indígenas, que son retratadas como impuestas desde arriba en vez de representar los verdaderos deseos de los indígenas.
Esos enfoques también están presentes en el intento de varias organizaciones indígenas para establecer un cuerpo para coordinar sus acciones a través de la región andina, la Coordinadora Andina de Organizaciones Indígenas -que incluye representantes de Chile y Argentina pero, sorprendentemente, dada la posición política del grupo, no de Venezuela (ver páginas 15-16). Su declaración inaugural rechaza a la nación estado como una herramienta del neocolonialismo, y abraza el extendido ánimo que rechaza el 'indigenismo' como representación del paternalismo del no-indígena, a favor del 'indianismo', con el significado de políticas propuestas por los mismos pueblos indígenas.
Una tendencia menos visible surge de la revaloración del levantamiento del año pasado, que duró cinco meses en el estado sureño mexicano de Oaxaca, a la luz del hecho que ese es el estado más indígena del país y, desde fines de los '90, el único donde la mayoría de las municipalidades son gobernadas por los "usos y costumbres" indígenas tradicionales -una de las bases clave de las plataformas indígenas a lo largo de la región.
El cuadro que emerge es que esas municipalidades prueban ser tan vulnerables a la manipulación político-partidaria como las que están bajo regímenes de competencia política entre partidos, y que los mencionados "usos y costumbres" tradicionales, no aseguran un tratamiento igual para todos los ciudadanos (ver páginas 13-14). Eso provee un nuevo enfoque para la renovación de autoridades, este año, en las municipalidades indígenas de Oaxaca.
*Altas concentraciones regionales de población indígena. Nota: Argentina está incluida debido a la conexión Mapuche (ver páginas 11-12, 15-16). Colombia, debido a la conexión andina (ver páginas 15-16). Fuentes: Las estimaciones se basan, en la mayoría de los países, en datos de principios de los '90, usados por BID, OPS y Cepal; y fines de los '90-2000 para Chile. Los porcentajes de población se basan sobre la población en la fecha que los datos fueron compilados. |