Informe Especial - Julio de 2007

Indí­genas y polí­tica en América Latina, después de Evo Morales

Primera plana 26 July 2007 Modified: 26 July 2007 1 views

En poco más de un año y medio luego que Evo Morales se convirtiera en el primer presidente indí­gena, la marea de creciente reafirmación indí­gena en la región comienza a lucir levemente diferente. Muchos lí­deres indí­genas, incluso en paí­ses con mayorí­as indí­genas, son más concientes de la necesidad de adoptar posiciones polí­ticas más incluyentes, considerando al llamado etnopopulismo como una opción riesgosa. Y crece la percepción que las propuestas de ese sistema corren riesgo de manipulación partidista, igual que la 'partidocracia' tan despreciada por las ideologí­as indí­genas.

El etnopopulismo no es una noción nueva; ha estado rondando desde los '60 y, en América Latina, ha sido aplicado por el régimen de Duvalier en Haití­ y en los movimientos indí­genas en Nicaragua bajo los Sandinistas. Sin embargo, Raúl Madrid, de la Universidad de Texas, lo ha revivido recientemente como una herramienta para entender lo que está ocurriendo en América Latina.

Arguye que Evo Morales representa más a un etnopopulista, que a una manera puramente indí­gena de abordar la polí­tica: la experiencia polí­tica de Bolivia ha mostrado que apelar a lo puramente étnico no fue suficiente para atraer suficiente apoyo de las bases. Por tanto, lo mezcló con elementos del arsenal 'populista': nacionalismo, estatismo, denuncia de las elites e instituciones existentes dentro del paí­s, y del imperialismo en el exterior. Dio resultado: la mayorí­a de los que votaron por Morales en 2005 se identifican a sí­ mismos como mestizos más que como indí­genas (ver páginas 3-4).

Bajo esa luz, la victoria de Ollanta Humala en primera ronda en las últimas elecciones presidenciales en Perú puede ser vista como un éxito etnopopulista. También fue la elección de Lucio Gutiérrez a la presidencia de Ecuador, que colapsó cuando Gutiérrez dio la espalda a los componentes populista y étnico de su campaña electoral. Esa experiencia puede haber sido el punto de inflexión para el movimiento indí­gena de Ecuador, sobre todo porque parece haber adoptado una posición más explí­citamente incluyente en su campaña social (ver páginas 5-6) -y no desplegó el antiguo entusiasmo de la campaña tí­picamente etnopopulista que llevó a Rafael Correa a la presidencia.

En Perú, el lí­der de los productores de coca, Nelson Palomino, ha reclamado éxitos iniciales con su nuevo partido "indí­gena", Kuska Perú, y ha expresado su intención de emular el ascenso de Evo Morales a la presidencia -pero ya dejó en claro que apelarí­a a la inclusión (ver páginas 7-8). Eso sugiere que es conciente de un rasgo de la sociedad peruana que Ladislao Landa ha subrayado: que los pueblos indí­genas ubican su identidad como campesinos antes que su etnia.

También Guatemala es testigo de un intento presidencial de una lí­der indí­gena: Rigoberta Menchú, Nobel de la Paz. Ella creó un partido indí­gena, Winaq, que es explí­citamente incluyente, y conduce su campaña electoral en alianza con un partido mestizo de centro-izquierda, Encuentro por Guatemala (EG), y su compañero de fórmula es un prominente lí­der empresarial (ver páginas 9-10).

Sin embargo, los enfoques étnicos más radicales siguen presentes. Predominan en la polí­tica indí­gena de Chile (ver páginas 10-11), reflejando en parte el hecho que la población indí­gena está altamente concentrada en una región, en parte como respuesta polí­tica a las iniciativas del gobierno de Bachelet con relación al reconocimiento del status y los derechos de los pueblos indí­genas, que son retratadas como impuestas desde arriba en vez de representar los verdaderos deseos de los indí­genas.

Esos enfoques también están presentes en el intento de varias organizaciones indí­genas para establecer un cuerpo para coordinar sus acciones a través de la región andina, la Coordinadora Andina de Organizaciones Indí­genas -que incluye representantes de Chile y Argentina pero, sorprendentemente, dada la posición polí­tica del grupo, no de Venezuela (ver páginas 15-16). Su declaración inaugural rechaza a la nación estado como una herramienta del neocolonialismo, y abraza el extendido ánimo que rechaza el 'indigenismo' como representación del paternalismo del no-indí­gena, a favor del 'indianismo', con el significado de polí­ticas propuestas por los mismos pueblos indí­genas.

Una tendencia menos visible surge de la revaloración del levantamiento del año pasado, que duró cinco meses en el estado sureño mexicano de Oaxaca, a la luz del hecho que ese es el estado más indí­gena del paí­s y, desde fines de los '90, el único donde la mayorí­a de las municipalidades son gobernadas por los "usos y costumbres" indí­genas tradicionales -una de las bases clave de las plataformas indí­genas a lo largo de la región.

El cuadro que emerge es que esas municipalidades prueban ser tan vulnerables a la manipulación polí­tico-partidaria como las que están bajo regí­menes de competencia polí­tica entre partidos, y que los mencionados "usos y costumbres" tradicionales, no aseguran un tratamiento igual para todos los ciudadanos (ver páginas 13-14). Eso provee un nuevo enfoque para la renovación de autoridades, este año, en las municipalidades indí­genas de Oaxaca.

 

Importancia polí­tica de las poblaciones indí­genas

Como % de la población total

Paí­s 000 de Indios   % de la población
Mexico

Peru

Bolivia

Guatemala

Ecuador

Argentina

Chile

Colombia

12,000

9,300

5,600

5,300

4,100

1,000

998

744

14.1*

46.5

81.2

66.2

43.2

3.1*

10.3*

2.2*

*Altas concentraciones regionales de población indí­gena.

Nota: Argentina está incluida debido a la conexión Mapuche (ver páginas 11-12, 15-16). Colombia, debido a la conexión andina (ver páginas 15-16).

Fuentes: Las estimaciones se basan, en la mayorí­a de los paí­ses, en datos de principios de los '90, usados por BID, OPS y Cepal; y fines de los '90-2000 para Chile. Los porcentajes de población se basan sobre la población en la fecha que los datos fueron compilados.