Informe Especial - Septiembre de 2007 (ISSN# 1741-7309)
Neoliberalismo en América Latina: ¿qué ha sobrevivido?
El abandono del neoliberalismo en América Latina ha sido particularmente estridente desde fines de los '90, cuando Hugo Chávez fue electo presidente de Venezuela. Sin embargo, no es un nuevo fenómeno: casi al mismo tiempo que las políticas liberales -o "reformas", como fueron llamadas por sus proponentes- fueron introducidas, algunos políticos comenzaron a hacer campaña, si no para su total rechazo, al menos para dar a las políticas "un rostro humano". Mucha de la consiguiente desilusión con las políticas y los políticos se debió a que el neoliberalismo no produjo lo que había prometido inicialmente, y por el fracaso de sus críticos en darle ese "rostro humano".
El neoliberalismo no fue un conjunto homogéneo de prescripciones de políticas económicas -tampoco, en todo caso, fue adoptado en su totalidad, incluso por los que aplicaron sus principios centrales. Ha sido identificado con el Consenso Washington de 1990 que, en realidad, fue un documento tentativo descriptivo, más que prescriptito y terminó siendo una pantalla en la cual cualquiera podría proyectar sus odios particulares.
En su centro estaba la convicción que el estado, grande e intervencionista, debido a la experimentación de larga data con la industrialización basada en sustitución de importaciones, debía reducirse para que de esa manera permitir el libre juego de las fuerzas del mercado.
Los medios incluían reformas como liberalización comercial y la privatización de las empresas del estado, desregulación, y una ajustada disciplina fiscal para mantener a raya la amenaza de la inflación. Algunos gobiernos prefirieron adoptarlo de manera contundente, no a través de una gradual transición, y se prestó poca atención a la secuencia de las reformas. Los gobiernos (con la notable excepción de la administración Menem en Argentina) fueron comprensiblemente cautelosos en adoptar todo el paquete. La privatización, por ejemplo, no se hizo extensiva a las empresas estatales de petróleo y minería, que proveían una parte sustancial de los ingresos fiscales.
En una década quedó claro que las reformas impactaron en los grandes números macroeconómicos, pero no proveyeron los esperados beneficios en términos de empleo, reducción de la pobreza y bienestar social.
Los gobiernos y los acreedores multilaterales insistieron en que las reformas fueron fructíferas, y que era necesario lo que se llamó "reformas de segunda generación", para corregir los muy visibles defectos; y así dar al paquete la "cara humana" de la que aún carecía.
Fue en ese momento que un grupo de políticos y académicos de varios países latinoamericanos, conocido como el Grupo Mangabeira en Brasil, y el Grupo Castañeda en México, produjo la primera alternativa exhaustiva al neoliberalismo, con un admitido tinte de "centro-izquierda".
Reteniendo el compromiso de sostener el equilibrio fiscal y de mantener a raya la inflación, propusieron reconstruir un estado fuerte (capaz de invertir en el pueblo y de actuar como socio en empresas privadas, particularmente firmas pequeñas y medianas) y financiarlo con una sólida base impositiva, pero manteniendo el equilibrio fiscal a un alto nivel de gasto público (no menos de 30% del PBI, que era más del doble del nivel de México en ese entonces); construir ahorros internos y canalizarlos a la producción; y otorgar prioridad a la educación.
Entre los miembros del grupo estaban dos futuros presidentes -Vicente Fox, de México y Ricardo Lagos, de Chile- como también al menos media docena de quienes más tarde ocuparían posiciones ministeriales y de asesoría en varios gobiernos en la región. No tuvieron éxito en que algún gobierno aplique su menú alternativo, y su Alternativa Latinoamericana de 1997 se desvaneció de la vista y de las mentes.
Las reformas de segunda generación no tuvieron mejor resultado: se desvelaron en vísperas de la crisis financiera de 1998, que afectó a gran parte de América Latina, incluidas las tres grandes economías, una de las cuales (la de Argentina, que había adoptado totalmente las "reformas") pronto se hundiría en una de sus peores recesiones. Lo que siguió ha sido descrito como un giro a la izquierda de casi toda la región, donde abjurar o criticar fuertemente al neoliberalismo emergió como la posición principal para atraer votos.
Así como la ostensible adopción del paquete neoliberal no significó aplicar el menú completo, tampoco la dura crítica al neoliberalismo se tradujo en un rechazo total de las reformas. Después de otra década más, a los remanentes del paquete original (equilibrio fiscal y fuerte posición anti-inflacionaria) se les dio el crédito, de manera algo simple, por la reducción de las tasas de pobreza y la reasunción del alto crecimiento.
Ahora es bien conocido que gobernantes de centro-izquierda "moderados", como Lula da Silva de Brasil y Michelle Bachelet de Chile, están comprometidos con fuerza a mantener la disciplina presupuestaria con estándares europeos y más, y frenar aún la más leve insinuación de presión inflacionaria.
Los líderes más "radicales" (Venezuela, Bolivia, Ecuador), no se han volcado al gasto deficitario prevaleciente en los años previos a los '80. Acabaron con su dependencia del financiamiento del FMI (como lo hicieron Brasil y Argentina), pero han sido prudentes en el ejercicio de la libertad resultante de la política de tutelaje del FMI.
La iniciativa Alba de Hugo Chávez , que comenzó como una alternativa al ALCA (al que se sigue oponiendo y atacando luego de su desaparición), es presentada ahora como un modelo de integración regional sobre principios opuestos al neoliberalismo. Eso trajo consigo el surgimiento de Venezuela como financista de proyectos económicos y sociales, como también un acreedor alternativo de último recurso para sus socios (en el caso de Argentina, acreedor de primer recurso). También incluyó la adopción de mecanismo de comercio administrado (un antiguo rasgo de las relaciones entre Brasil y Argentina) y la posibilidad de comercio compensado (una especie de trueque).
Este informe examina el cambiante contenido del neoliberalismo desde fines de los '80, los resultados económicos casi dos décadas después, y la conformación emergente de lo que muchos llaman el escenario "post-neoliberal" de América Latina, incluyendo el panorama actual de líderes empresariales y la ausencia de signos de alguna alternativa estructurada al menú neoliberal.