Los amistosos intercambios del Presidente Lula da Silva a inicios de
este mes, con Teodoro Obiang Mbasogo, que ha gobernado Guinea Ecuatorial con
puño de hierro por más de tres décadas -en momentos cuando el gobierno cubano
acepta un acuerdo negociado por España y la Iglesia Católica Romana de Cuba para
liberar a prisioneros políticos- destaca la desconcertante ambigüedad en la
actual política exterior de Brasil. Esa ambigüedad está socavando la posición de
Brasil en la arena global y, de manera significativa, la reputación del
ministerio de relaciones exteriores del país, Itamaraty, de competencia y
profesionalismo.
Mbasogo, a quien Lula visitó en Guinea Ecuatorial, es el, octavo dictador
africano con el cual Lula ha tenido amistosos intercambios desde que llegó al
poder en 2003. Durante la visita, Lula no solamente se abstuvo de plantear las
preocupaciones acerca de la violación de los derechos humanos por el régimen de
Mbasogo, que es considerado uno de los dictadores más implacables en Africa por
las ONG de derechos humanos sino que, irónicamente, firmó una declaración
elogiando a Guinea Ecuatorial por su “adhesión a los principios de la democracia
y el respeto por los derechos humanos." Llamativamente, no se permitió a los
periodistas hacer preguntas en la conferencia de prensa conjunta convocada por
Lula y Mbasogo.
El canciller de Brasil, Celso Amorim, intentó explicar la visita afirmando
que “negocios son negocios," desechando las críticas sobre la visita de Lula a
otro dictador calificándolas de “sermones morales." Pero el diario O Estado
de São Paulo señaló que la palabra “negocios" estaba mal usada por Amorim,
pues Guinea Ecuatorial disfruta de un continuo superávit comercial con Brasil
-de más de US$200m anuales. De esa manera, concluye el diario, los negocios son
buenos solamente para Mbasogo, que se ha convertido en el octavo más rico
gobernante del mundo, de acuerdo con la revista Forbes, mientras más
del 60% de la población de Guinea Ecuatorial vive debajo de la línea de la
pobreza.
Precio político
La decisión de Lula de reunirse con
dictadores y otros líderes inescrupulosos sigue una política exterior
ideológica, prevista por Samuel Pinheiro Guimarães, que sirvió como secretario
general de Itamaraty bajo Lula hasta asumir el secretario para asuntos
estratégicos el año pasado, y asesor especial de Lula para asuntos
internacionales, Marco Aurélio García. La idea detrás de esa política es la de
convertir a Brasil en un vocero para los oprimidos del planeta -ofreciendo un
contrapeso para las naciones ricas- mientras incrementaba al mismo tiempo los
lazos comerciales con países emergentes.
Con el fin de lograr eso,
Brasil ha abierto 68 representaciones diplomáticas desde 2003, en su mayoría en
países pequeños que tienen globalmente poca relevancia política y económica.
Actualmente, Brasil tiene embajadas en 133 países. Varios ex diplomáticos
brasileños no están impresionados por ese dato. Uno, José Botafogo Gonçalves,
dijo que “el éxito de una política exterior no se basa en el número de
embajadas. Eso es un desperdicio de recursos humanos y financieros, si el
criterio [para abrir puestos] no es riguroso."
El ex embajador brasileño en Washington, Rubens Barbosa, dijo a la revista
Veja que “El incremento en el número de embajadas sigue las principales
prioridades diplomáticas [de la administración Lula]. Una es impulsar las
relaciones con las llamadas naciones emergentes, en detrimento de las relaciones
con las naciones desarrolladas. La otra es el deseo de ganar un sitio permanente
en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas." El ex secretario general de
Itamaraty, Luiz Felipe Lampreia, dijo: “Una representación diplomática crea
muchas expectativas para los países pequeños, no menos la ayuda financiera. Pero
Brasil no siempre puede ser generoso."
De todos modos, Lula ha aceptado pagar un precio político por la política
exterior de Brasil, absteniéndose de criticar a dictadores y líderes
inescrupulosos. Los diplomáticos brasileños defienden esa posición afirmando que
el nuevo enfoque de la diplomacia del país no permite la “interferencia en los
asuntos internos" de un país socio. En el nombre de la no-interferencia en
asuntos internos, Lula notoriamente no ha planteado el tema de los prisioneros
políticos en Cuba con los gobernantes del país, los hermanos Castro, cuando él
visitó la isla en febrero [IL-10-09]. “Tenemos que respetar la determinación del
gobierno cubano. Cada país tiene el derecho de decidir qué es lo mejor para sí
mismo. Yo no me inmiscuiré en los asuntos de otro país, especialmente de un país
amigo," declaró Lula entonces.
Sin embargo, hubiera sido perfectamente posible defender los derechos humanos
y presionar para que Cuba libere a los prisioneros políticos, si romper las
relaciones con el gobierno cubano o “interfiriendo en sus asuntos internos." Eso
fue demostrado por el gobierno de España, que junto con la Iglesia Católica
Romana, negoció la semana pasada un acuerdo con el gobierno cubano para liberar
a 52 prisioneros políticos [IL-10-27] -los primeros siete de ellos llegaron a
Madrid con sus familias el 13 de julio -y así persuadieron al periodista
disidente de Cuba, Guillermo Fariñas, para poner fin a su larga huelga de
hambre.
Ese evento ha provocado una reacción global -y aún así, Brasil no ha podido
reclamar ningún crédito, pese a las manifestaciones de García y Amorim afirmando
que Brasil trabajó “discretamente detrás del escenario" para liberar a los
prisioneros políticos. En febrero, Itamaraty rehusó aceptar una carta de los
disidentes cubanos pidiendo a Lula que interfiera en favor de Orlando Zapata,
que había estado en huelga de hambre antes de Fariñas. Zapata falleció el 23 de
febrero, seis horas antes que el avión de Lula aterrizara en La Habana, donde
Lula hizo una desafortunada declaración comparando a los prisioneros políticos
con criminales comunes.
Ambigüedad
Itamaraty, bajo Lula, no practica su propia
política cuando ocurrió el derrocamiento del ex presidente de Honduras, Manuel
Zelaya, el año pasado. Se podría haber interpretado que Brasil interfirió
significativamente en los asuntos internos de Honduras cuando Itamaraty
consintió que Zelaya se quede en la embajada brasileña en Tegucigalpa,
permitiéndole buscar su retorno al poder desde su base ahí por casi cinco
meses.
La administración Lula aún no ha reconocido las últimas elecciones
presidenciales en Honduras, en las cuales el candidato opositor Porfirio Lobo
fue electo, sobre la base que las mismas fueron realizadas “por un gobierno
golpista". Pero esa posición de principios parece algo incongruente junto con
sus afirmaciones que Guinea Ecuatorial respeta los derechos democráticos y que,
en todo caso, los lazos se justifican porque “negocios son negocios". Mientras
Amorim pedía que EU imponga sanciones sobre Honduras, protestaba contra EU por
seguir con sus sanciones contra Irán. El reciente intento de Brasil de mediar
con Irán con relación a sus ambiciones nucleares [IL-10-20] provocó un altercado
con EU, cuya Secretaria de Estado, Hillary Clinton, casi llega a describir a
Brasil como neófito en diplomacia.
Los reales resultados de la política exterior de Lula han sido dudosos, tanto
comercial como políticamente. Aunque el peso económico de Brasil indudablemente
se ha acrecentado, al mismo tiempo ha sufrido varias derrotas en las
organizaciones internacionales, como en la Organización del Comercio Mundial
(OCM) y en la ONU, a pesar de, o quizá debido a la idiosincrásica política
exterior de Lula. Dejando de lado algunas de las ambigüedades de su política
exterior, no menos el fracaso para asumir una posición más resuelta para
defender la democracia y los derechos humanos, es probable que sea crucial para
las ambiciones de Brasil de ser un actor clave en la escena mundial.
El Presidente Lula da Silva, desechó los rumores en el sentido que él
buscaría convertirse en secretario general de las Naciones Unidas, diciendo que
el cargo “no es para un político." Aunque la razón podría ser que su popularidad
internacional parece estar cayendo en meses recientes. Las críticas sobre su
política exterior han jugado una parte clave en su decisión de no asistir al
encuentro final de la Copa Mundial en Johannesburgo, pese al hecho que Brasil
será el país anfitrión del próximo evento en 2014. Otra razón fue el retraso en
las mejoras de infraestructura prometidas por su gobierno en su esfuerzo por ser
sede del torneo [IL-10-26].