Con la salida de otro ministro la semana pasada, el cuarto desde junio, y el retiro formal de un disgustado aliado de la coalición gobernante, la administración de la Presidenta Dilma Rousseff está en cierto desorden. Serios cuestionamientos han estado surgiendo acerca del desempeño de Rousseff hasta la fecha. Sus partidarios aplauden lo que ellos dicen que son los esfuerzos innovadores para frenar la arraigada corrupción y el amiguismo en el sistema político de Brasil de intenso clientelismo; los críticos la acusan de solamente hacer un manejo de la crisis en base a relaciones públicas, motivadas por prioridades electorales de corto plazo, en vez de un genuino compromiso de reforma. No obstante, intencionalmente o no, Rousseff está rompiendo el molde, con algún costo político para ella misma y en sus relaciones con sus aliados más cercanos.
Mirando de fuera, la Presidenta Rousseff ahora luce un poco aislada en lo alto, mientras ella lucha por limpiar una serie de escándalos de corrupción ministeriales, todos los cuales se originaron bajo la administración previa dirigida por su predecesor y mentor Lula da Silva (2003-2010), y todos los cuales pueden ser ubicados parcialmente en el contexto de la lucha permanente por el dominio entre el gobernante de izquierda Partido dos Trabalhadores (PT) y el centrista Partido do Movimento Democrático Brasileiro (PMDB). La novicia presidenta está, sin duda, en una difícil posición. Mientras ella podría desear barrer todas las despensas ministeriales como parte de su fajina de limpieza, ella no puede poner en riesgo la gobernabilidad o su agenda legislativa, que está fuertemente concentrada en defender la economía brasileña de la crisis global.
Conciente de eso, Rousseff ya está buscando repactar la coalición. En su favor está el hecho que todos los partidos de la coalición están dispuestos a erradicar las historias de corrupción sin fin en las primeras páginas ante las programadas elecciones municipales del año próximo. Sin embargo, el silencio que emana del PT en particular, que también ha estado implicado en esos escándalos, es ensordecedor.
Una altamente escéptica visión del PT fue reflejada en un documento de junio de 2011 de la Brookings Institution con base en EU, que alega que la única estrategia del PT desde que llegó al poder en 2003 ha sido “minimizar los costos políticos, manejar la coalición a través de negociaciones de toma y daca en el congreso y navegar sobre positivas oleadas económicas generadas desde un medioambiente externo. La estrategia es evitar decisiones con costos altamente concentrados incluso si los difusos beneficios son abundantes”. Además, agrega el documento, “los costos de la no-reforma pueden fácilmente cargarse al congreso”.
Haciéndose eco de eso, el comentarista político Ricardo Noblat alega que luego de asumir el poder en 2003, el PT vio dos maneras de hacer funcionar el sistema: distribuyendo ‘favores’ (financieros o de otra clase) y cerrando los ojos ante las pre-existentes redes de clientelismo (e incluso cooptándolas). Después de haber logrado, contra todos los cálculos, sobrevivir a las consecuencias electorales del mensalão en 2006 (un dañino escándalo de sobornos en el congreso, de ventas de votos por dinero), el PT ha concluido que el electorado brasileño también estaba dispuesto a cerrar los ojos ante esa cultura corrupta, como expresa el adagio Brechtiano: “Primero comida, luego la moral”.
En una entrevista publicada el 16 de julio en el diario Folha de São Paulo, que ha quebrado varios de los recientes escándalos, el ministro de comunicaciones del PT, Paulo Bernardo, que es cercano a Rousseff y Lula, hizo un comentario perjudicial en el sentido que Rousseff y Lula “decidirían juntos” sobre el candidato presidencial del PT para 2014. Eso sonó como una tácita advertencia a Rousseff. La relación de Rousseff con la impaciente base del PT depende enteramente del padrinazgo de Lula. Para darle crédito, Lula fue rápido en responder, advirtiendo al partido que no “se dispare a sí mismo en el pie” con conversaciones prematuras acerca de 2014, y urgiéndolo a concentrarse primero en las elecciones de 2012. También recordó al PT acerca de la necesidad de la unidad. El propio Lula tiene parcialmente la culpa –su constante presencia en el trasfondo y su ambigüedad sobre sus ambiciones políticas futuras han perjudicado a Rousseff. Incluso cuando él, en efecto, la ha ayudado a ella, Lula recorta la autoridad de Dilma, como también sus esfuerzos por reafirmar su propio liderazgo político.
Curiosamente, sin embargo, el humor del público en Brasil parece haber cambiado, con cierto sentido que ‘las cosas van como siempre’ ya no es más aceptable. Las encuestas de opinión indican un amplio apoyo público a los esfuerzos de Rousseff. Por un lado que es positivo; por otro lado, eso significa que ella ya no se puede echar atrás ahora.
Incluso más curiosamente, a iniciativa del senador Pedro Simon del PMDB, un grupo de 12 senadores lideró un ‘Lunes cívico contra la corrupción’ el 15 de agosto. Prestando apoyo a la fajina de limpieza de la presidenta, Simon declaró, “hoy, toda la sociedad desea justicia, ética y dignidad. Que la presidenta permanezca firme y continúe”. El convocó a un amplio movimiento cívico contra la corrupción, citando el ejemplo de ‘Diretas Já’, el movimiento que clamaba contra el moribundo régimen militar en 1984 en demanda de elecciones presidenciales directas. El influyente senador Cristovam Buarque, del aliado Partido Democrático Trabalhista, que se unió a Simon, pidió a la presidenta que “hable con aquellos que desean poner a Brasil primero”. Su colega, Jarbas Vasconcelos, un senador disidente del PMDB sugirió que Rousseff estaba tratando de deshacerse del “legado maldito” heredado de Lula.
Se puede decir que el ‘Lunes Cívico’ fue puramente interesado, permitiendo a los senadores asumir una alta posición moral. Los votantes desde hace tiempo tienen al congreso en muy baja estima. Aunque notablemente, el hombre más rico de Brasil, Eike Batista, también públicamente prestó su apoyo a los “extraordinarios esfuerzos” de Rousseff. “La palabra mágica es esta, ‘transparencia’”, declaró el 16 de agosto. “Déjenme ser claro acerca de esto, es bueno para los negocios, bueno para el gobierno y bueno para la sociedad”. Brasil, quizá, está creciendo.
En su carta de renuncia, el ministro de agricultura, Walter Rossi, alegó que existe una conspiración para la ruptura de la alianza entre el gobernante PT y el PMDB en São Paulo antes de las elecciones municipales en 2012. En privado, Rossi apunta a José Serra, del opositor Partido da Social Democracia Brasileira (PSDB), quien, habiendo perdido su segundo intento para la presidencia en 2010, puede estar buscando restaurar su sitio de poder en São Paulo, donde él ha sido alcalde y gobernador del estado. Rossi citó como evidencia de esa conspiración los alegatos en días recientes de conducta impropia contra su hijo y diputado del estado de São Paulo, Baleia Rossi, que él dijo era la gota que faltaba.
La policía federal (PF) también está disgustada luego que la Presidenta Rousseff reaccionó airadamente ante el súbito arresto de docenas de funcionarios del ministerio de turismo (38 en total). Rousseff convocó a su ministro de justicia José Eduardo Cardozo (PT), para que exija una explicación del porqué ella no ha sido informada en avance de la operación, que altera sus esfuerzos para recomponer las relaciones con el principal aliado de la coalición, el PMDB. Rousseff cuestionó públicamente el duro manejo de la policía. La jerarquía de la PF la acusó de interferencia. Humillantes fotos de alineamientos en la policía que incluía a altos designados del PMDB, fueron filtradas a la prensa, elevando las tensiones. La PF defendió sus acciones, señalando que la corrupción en Brasil ha alcanzado “niveles inimaginables, con millones de Reales del dinero público, siendo desviados diariamente”.
Rossi renuncia
El ministro de agricultura, Walter Rossi, del PMDB, entregó su renuncia el 17 de agosto, citando la necesidad de proteger a su familia de “una cascada de falsos alegatos”. Rossi podría ser seguido dentro de poco por su colega Pedro Novais del ministerio de turismo, que se aferra con las uñas a su puesto, habiendo perdido a su viceministro y a docenas de funcionarios del ministerio en una masiva redada policial a inicios de este mes. Nelson Jobim, el ex ministro de defensa (PMDB), presentó su renuncia el 4 de agosto después de una serie de comentarios insubordinados.
En una breve declaración, la Presidenta Rousseff emitió una nota deliberadamente conciliadora, expresando su “pesar que el ministro no pudo contar con el principio de inocencia presumida”. El vicepresidente y barón del PMDB, Michel Temer, sugirió al diputado del PMDB, Mendes Ribeiro, para reemplazar a Rossi.
Un día antes de la partida de Rossi, El Partido da República (PR), salpicado por la corrupción, se retiró oficialmente de la coalición gobernante. El presidente del PR, Alfredo Nascimento, que perdió su cargo como ministro de transporte en julio, en medio de un gran escándalo de malversación, subrayó la furia del partido de lo que considera el tratamiento diferencial aplicado por Rousseff a sus aliados, dependiendo de su estatus dentro de la coalición. “No es aceptable que seamos tratados como socios de segunda clase,” insistió. El PR siente que ha sido un chivo expiatorio para el asalto muy público de Rousseff sobre la corrupción. El partido tiene seis senadores y 41 diputados en el congreso federal quienes ahora votarán independientemente. El principal impacto podría sentirse en el senado, donde el ejecutivo debe asegurar el apoyo sobre la base de caso por caso.